Primero fue la pintura.
Fátima creció amando las artes plásticas. Buscando unir esa sensibilidad con una forma de contribuir en su hogar, estudió maquillaje y siguió formándose para ofrecer algo diferente.
En cada rostro encontraba el mismo obstáculo: cejas descuidadas que impedían terminar un trabajo de excelencia.
“¿Por qué no hay nadie que se dedique a cuidarlas? La respuesta estaba en mí.”